Vuelve…

Vuelve la necesidad de una caparazón.
Algo que reemplace la asfixia del corazón.
En mi interior, al contrario de la vida como la entiendo,
el corazón se asfixia cuando no lo oprimo.
Cada vez que lo libero, se exalta, da un par de golpes brutales…
y allí queda, sobrecogido por el esfuerzo.
Anonadado de su incapacidad, su flaqueza,
desconcertado por haberse creído capaz de flotar,
y sin embargo su propio peso lo hunde ahora en arena.

Y se asfixia.

Salvando la distancia, guardándome de caer en su juego,
debo sortear sus manotazos.
Mi corazón exige con ademanes que lo socorra.
Debo cuidarme.
Un corazón desesperado puede convencerme de muchas locuras inalcanzables.

El no concibe la vida expuesta sin exponerse.
Desconoce la seguridad de mantenerlo encerrado.
Ignora que no le conviene abrirse de ese modo.
No tiene la fuerza para mover al resto del mundo.
Y morirá si no lo ahogo.

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