Hoy observaba

Observaba a un vendedor, consultado sobre las penurias de cierta mujer, cuyas humedades, chorreándole por las ventanas y paredes del lado sur, hinchándole la vida de las aberturas de madera, empapando las aberturas metálicas y los vidrios al exterior, llegaban a afectar el piso de parquet, convirtiéndolo en colinas de escaso interés turístico.

Tras largas (y casi graciosas) cavilaciones sobre trapos aplicados, esponjas recortadas en los laterales, recubrimientos de las zonas metálicas, todo tendiente a ‘escurrir’ el agua, sin resolver nada, se me ocurrió comentar, en voz baja:

– Sugiérale que ventile la habitación.

Como habitante de una ciudad-pecera, donde clamamos por la crueldad del clima seco si el porcentaje de humedad baja del 75%, me ha tocado vivir las peripecias de los departamentos pequeños, caldeados hasta los 30ºC en el interior, mientras tras el vidrio el mundo se desarrolla cerca del punto de congelamiento.

Y recuerdo las ventanas escasamente traslúcidas de humedad a la altura de la cara de un adulto, totalmente opacas (esa opacidad de ensueño del vapor que empaña sin importar cuánto uno dibuje en él) hasta el alcance de todo niño y, lisa y llanamente, chorreante por debajo de su ombligo (el del niño).

Con este tipo de paisajes, los alrededores no la llevan mucho mejor:
Las paredes pintadas a la cal (o como sea que se llamen) rezuman humedad desde lo más impenetrable de sus entrañas, sin llegar a dejarnos en claro si se trata de superficies sólidas húmedas o de humedades estólidas de pie.
Creyendo encontrar la solución, había pintado luego las paredes que rodeaban el mencionado ventanal (¿cómo que no lo mencioné?) con pintura al látex. Una maravilla de la tecnología que convierte tus paredes en brillantes monumentos sin vida, de superficie menos suave que lo prometido, donde recordarás de por vida todo cabello, propio o ajeno, humano o de caballo, plástico o pelusiento, que haya osado acercarse a ellas.
Del mismo modo, en dichas paredes hallan cobijo todo tipo de manchas que nunca creíste que podrías prodigarle a una entidad tan verticalista.
Desde dedos que posan estiradas huellas cargadas de diversas tinturas de origen orgánico, muchas de ellas con verdadero volumen, pasando por rayas coloridas (en un fondo taaaaan blaaaancooo) testigo de encontronazos en los ángulos más inverosímiles, variadas profundidades, increíbles ‘movimientos tectónicos’ que llevan montañitas de pintura desde su lugar de origen a elevaciones de infarto. Nunca faltan, y aquí llegamos, los ‘convidados de piedra’, que no fueron convidados y, mucho peor, pertenecen a algún otro reino de la naturaleza.

Se trata de seres informes, por millares, de un color que jamás identificaré entre el verde y el negro, textura (ggghhhh) cuasi plana, pero tangible, capaces en su gregariedad de formar colonias inabarcables, notables en la tozudez por retener su parcela, simuladores de desmayos en un ataque por cloro, y terribles farsantes que recuperan el terreno en lo que te preguntas si ya estará seco.

Me he deleitado en estos pesares, que, ante mi casi inaudible sugerencia, se vieron colmados de ratificaciones, desmayos por sufrimiento espejado, cruce de recetas para su (aparente) remoción, seguidas invariablemente de la zozobra de la obra tergiversada a mano de enemigo tan a la mano y tan inalcanzable a la vez.

Y una cosa notable:

Sin importar el tema del que se trate, todos deseamos ese minuto de interlocución.

La mujer, redondeando y revolviendo con gracia un tema a todas luces agotado, era capaz de reiniciarlo de diferentes modos, desde ángulos ligeramente diferentes, con pequeñísimas variaciones que, inequívocamente, se hubiera ahorrado en caso de haber deseado llegar a su casa a quitarse el frío.

En varias ocasiones, buscando no repetirme, me encontré ensayando distintas tácticas para lograr el objetivo (no darle de comer a esa vegetación exótica), y convencer a los dueños de casa de seguir en esa línea so pena de morir reverdeciendo.

A medida que la necesidad de ideas demostraba que no era el tema algo con lo que permanecer especialmente entusiasmado, fui cayendo, incluso con palabras, en lo que desde el principio originó todo el episodio.

NECESIDAD DE DIALOGO

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