Silencio cómplice

Tengo una enorme bocota, cerrada, sin oportunidades.
Enormes orejas, capaces de escuchar sin forzar una palabra, también en desuso.
El recuerdo de cómo preguntar si me aceptarías, en tres dedos de una mano.
La sonrisa que acepta desearte, guardada en los armarios.
Allí, desperdigada, la mirada abierta quedó para acompañar a la sonrisa.
Ambas olvidan para qué fueron hechas.
Ambas callan, porque en el silencio no sienten.

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